Saya haus. Boleh minta air atau tolong tunjukkan di mana bisa dapat air?
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Yo soy el mensajero.
He memorizado un mensaje de gran importancia, cuyo significado no comprendo, en un idioma que desconozco. Tengo tres días no consecutivos para encontrar al destinatario de este mensaje, en el barrio del Raval, en Barcelona.
Si logro encontrarlo, sabré lo que quiere decir el mensaje y mi trabajo habrá terminado. Si no, nunca conoceré el contenido del mensaje.


La búsqueda comenzó esta tarde, en la plaça dels Àngels, frente al Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona.
Tiempo lluvioso, cielo gris y suelos mojados. Me guía Andrea, encapuchada, a través de la plaza, hacia una calle llena de comercios regentados por paquistanís y otros inmigrantes: locutorios, pequeñas tiendas de objetos electrónicos, carnicerías...
Nos paramos en un pequeño restaurante, antigua churrería del barrio. Pollo y cordero, para doner kebab. Uno de los dueños intenta explicar algo sobre su país a un chico y una chica que están comiendo, sentados frente a la barra.
Pido un shawarma y aprovecho para preguntar.


- Perdona, estaba buscando a alguien que sepa traducirme un mensaje que he aprendido.
-¿Un mensaje?
- Sí, a lo mejor tú sabes en que idioma está.
El chico niega con la cabeza, pero yo insisto en recitar el mensaje...“saya haus boleh minta air....” No le suena de nada, no lo entiende ni sabe qué idioma es.
- Puede ser inglés, ¿no?, has dicho “house”.
- Bueno, es “haus”, pero creo que no es inglés .
Los clientes tampoco tienen ni idea “¿japonés?” dice uno; no lo creo. Pregunto si puedo hacer una foto, me lo permiten, ¡click!, damos las gracias y nos vamos comiendo calle abajo.
Sospechamos que el idioma es africano o asiático, ¿quizás hindú? Decidimos probar suerte en otro restaurante doner kebab.
-¿No irás a entrar ahí con el shawarma ? -dice Andrea
-¿Por qué no ?
- No hombre, yo te lo aguanto.


Acepto y mientras Andrea se come mi pollo ensalsado, entro en el restaurante.

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Camino dos pasos, sonrío, al fondo hay alguien viendo la televisión. Tras la barra un chico, que parece paquistaní, me saluda. Le explico el motivo de mi visita. Niega con la cabeza antes de que recite el mensaje, insisto de nuevo.. “saya haus...” nada de nada.

Al salir recupero lo que queda de mi comida y seguimos caminando calle abajo. Pasamos por delante de una carnicería árabe. Entre sus clientes, en fila frente a la barra, hay una familia de piel muy negra. Andrea me incita a entrar. Yo dejo pasar la oportunidad y experimento un deje de placer. Pasamos varios comercios más, una peluquería y decidimos sentarnos a acabar la comida, para abordar después a los carniceros y sus clientes. Tengo la sensación de que ellos sabrán algo.
Una familia numerosa pasa frente a nosotros. Uno de los niños increpa a su hermana, que va rezagada, sola, atrás.... Ella contesta -¡maricón!- y sigue caminando a su ritmo, enfurruñada, golpeando los postes metálicos de la calle con la mano, como si quisiera poder chafarlos, hacerlos chatos.
En la carnicería todo el mundo me mira un poco raro, tengo la mano izquierda en el bolsillo y explico mi historia. Una mujer observa con insistencia mi cadera, mi mano, mi bolsillo. Cree que llevo algo ¿Piensa que soy policia?“Saya haus...” nada... Pregunto si puedo hacer una foto y el que debe ser el padre señala a los tenderos – Sí, a ellos- dice educadamente. Sigo sus instrucciones y nos vamos camino de una peluquería.


Andrea me guía por el Raval, parece que sabe donde va, calle aquí, calle allí, ahora gira... una tienda de productos árabes, La Vieja Damasco, decoración, música, parafernalia, alfombras, narguilés y jembés.... Dentro hay tres chicos charlando animadamente frente a un ordenador. Les explico por qué estamos allí.
- ¡Ah! Es como un juego no?
- Bueno, es mi trabajo, tengo que encontrar a alguien que entienda el mensaje.
- A ver, dilo.
“Saya haus...” y de nuevo cara de extrañeza. Me lo hacen repetir.. nada...
- No parece una lengua árabe -dice el más animado de los tres.
No entienden el mensaje, no les suena la lengua. Les damos las gracias y decido sacar una foto.

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-¿Puedo sacar una foto?
-¿Saldremos en el periódico?
- Jaja, a lo mejor, quién sabe.
- Vale, espera, que ponemos música, para que salga bien – risas
Ponen algo de música, sonríen, saludan a cámara, le pido a Andrea que entre en el encuadre y ¡click!, una foto más. Muchas fotos pero ninguna pista clara.
-¿Y ahora dónde vamos?- pregunto.
- Bueno, yo ya he llegado donde quería – dice Andrea, jocosa.


Frente a nosotros, un peculiar establecimiento de comida. Su escaparate está lleno de carteles y muestras de cocina casera. Parece que mi hambrienta guía tenía su propio objetivo desde el principio. Entramos. Un ambiente sofocante, cargado de olores a alimentos horneados, nos da la bienvenida. Empandas, pizzas, platos de pasta, patatas, carnes, guarniciones... mezclado, para mi sorpresa, con varios libros, cuadros surrealistas, dibujos y fotos. En el cuadro más grande aparece un hombre voluminoso, calvo y con gafas, apoyado en una valla, frente a un paisaje onírico dominado por la figura de una casa multicolor. Me giro y veo al mismo hombre metiendo algo en un gran horno de metal, ahí mismo, en carne y hueso. Debe ser el dueño, pienso.
Mientras Andrea espera su turno, manoseo los libros del mostrador, “La búsqueda de la inmortalidad” se titula uno, lo giro y veo una foto del mismo hombre, que ahora está preparando unas pizzas pequeñas para llevar. ¿Un escritor de ensayos sobre mística, con libros publicados, que prepara empanadas de atún en un gran horno antiguo, en el corazón del Raval?
Dicho y hecho, asalto al corpulento personaje con el relato del encargo que nos ocupa hoy. Me da la impresión de que cree que intento tomarle el pelo, o poner a prueba sus conocimientos.
-... es decir, yo le recito el mensaje y usted me dice si lo entiende o cree que conoce el idioma..
- A ver.
- Saya haus bohlen minta air atau tolon tunjunkandi mana bisa dapat air.
- Eso... eso parece una lengua germánica. A ver, repite.
- Saya haus...
- Sí, eso debe ser alemán o danés.
- Hmm, alemán, ¿usted cree?
- Sí, “haus”, alemán, ya sabes, los hermanos Grimm.
- .
..
- A lo mejor es lapón.
-¿Lapón?
- Sí, de Laponia, ahí habitan unos esquimales, puede que sea lapón.


Alemán, Danés... ¿Lapón? No acabo de confiar en la opinión de este hombre. Nos invita a visitar una escuela de idiomas que hay por ahí cerca, pero hoy es fiesta, así que está cerrada y no iremos. Nos asegura que conoce bién al director de la Royal English School, o algo parecido, y que si queremos puede llamarlo un día de estos, para preguntarle, es su amigo... deja muy claro que es su amigo, un buen amigo, lo ve a menudo. Me da la impresión de que el tipo no tiene ni idea. Entre hermanos Grimm y esquimales lapones nos escabullimos hacia el exterior y acabamos el encuentro con una foto del hombretón, junto a su horno, tras sus carteles, en su salsa.
Un grupo de turistas charla animadamente frente a una barra de madera barnizada. Parece una cervecería irlandesa oscurecida. Hay una chica rubia, con gafas, trabajando tras la barra. Explico el motivo de mi visita un par de veces en castellano, al ver la cara que hace, salto al inglés. Ahora sí, “saya haus”
- Wow ... no tengo ni idea. Parece africano ¿no?
-¿Tú de donde eres?
-Bélgica. Esto no es holandés, francés o alemán, ni noruego ni nada de por ahí.-hace un gesto con la cabeza hacia los clientes- y ellos son norteamericanos, y esto tampoco parece inglés, así que no hace falta que les preguntes.
-¿Puede ser Danés?
- No, no lo creo, no es danés, quizás es un idioma de Europa del Este.
Hemos caminado y buscado durante algunas horas, nos gustaría sentarnos y beber algo. Zigzageando encontramos una zumería grande, de lisérgicas paredes con dibujos multicolor. Hay varias chicas tras la barra, ninguna parece catalana. Andrea se sienta en una mesa, escogemos un zumo y aprovecho para interrogar a todo el mundo.

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Un hombre y una chica, que acaban de pagar, se sorprenden cuando recito mi primer sayahaus a una de las camareras y, en lugar de irse, me observan. Miran mientras hablo con la camarera rubia. Me siguen con los ojos cuando charlo con los alemanes de la mesa de al lado. No dejan de vigilarme, a mi y mis preguntas, una chica tras otra, sayahaus, sayahaus. Nadie sabe nada. No es noruego, no es alemán, no es finlandés...
Me siento, la pareja de espias se marcha.
De vuelta a la calle, preguntamos por todas partes, ultramarinos, restaurantes... El niño de Bangladesh no sabe. El hindú de turbante alto y barba frondosa no conoce. El chico que prepara durums en la calle Nou de la Rambla y asegura, orgulloso, hablar siete idiomas: panjabi, kurdo, turco, inglés, francés, español e italiano; no entiende.
En otro restaurante, en la rambla del Raval, sale hasta el cocinero a escuchar la historia del joven mensajero y su guapa guía, que recorren el barrio con un mensaje misterioso.
-¿Y te lo has aprendido de memoria?
- Sí.
-¿Qué raro, no? ¿No sabes qué significa?
- No, no. ¿Y tú?
- No.
- Es japonés, seguro – dice un cliente, muy convencido.
El interés inicial se pierde pronto. Queda sólo el camarero tras la barra. ¡Click! Le hago una foto, se la enseño, no parece muy contento.
Ya cayó la noche. Vamos en busca de un japonés.
Japoneses no encontramos, pero sí un restaurante chino. En la puerta recito una vez más el mensaje a un oriental con gafas, enfundado en un traje de camarero, blanquinegro todo él.
- Es japonés.
-¿Y donde podemos encontrar un restaurante japonés?
- Todos los restaurantes japoneses de Barcelona los llevan chinos.
-¿De veras?-Todos reímos- ¿No hay ningún japonés de verdad?
- Mmmmm... el restaurante Tokyo, su dueño es japonés, está en una calle que sube, desde la calle dels Àngels.
Decidimos ir en busca del dueño de Tokyo. Cuando saco la cámara, una joven y coqueta camarera, corre disimuladamente hacia la salida para aparecer en la imagen. ¡Click! Damos las gracias y nos marchamos.
El carrer dels Àngels conecta con la Plaça dels Àngels, justo donde empezamos la búsqueda unas horas atrás. Sigo sin creer que el mensaje esté en japonés, pero sería fantástico encontrar allí al destinatario, un viaje redondo, un final poético.

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Aquí se acaba hoy la búsqueda.

performer: Jaume Ferrete
asistido de cerca por: Andrea


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